Mi madre guardó el amor que no pudo darme en un cofre de cartón


La mañana de mi graduación de la secundaria, un collar de perlas hizo un sonido como el de una maraca cuando lo saqué de la caja. Su nota decía: “Al parecer, en mi familia existía la tradición de regalarles un collar de perlas a las mujeres para celebrar su graduación de la secundaria. Pues, bien, mi collar de perlas nunca llegó”.

Eso es porque mi madre, destinada a la aventura, se saltó su último año y se compró esas perlas cuando terminó de estudiar negocios. Ella quería que yo supiera que había más de un camino para explorar el mundo, y que yo merecía ser celebrada. Aquella tarde me puse las perlas al cruzar el campo de fútbol para aceptar mi diploma.

Año tras año, mi madre se adelantaba en el tiempo para recibirme, siempre en forma de un paquetito con un lazo rosa y una tarjetita blanca: “¡Felices 15!”, “¡Felices 16!”, “¡Felicidades por tu licencia de conducir!”, “¡Eres universitaria!”, “¡Felices 21!”, “¡Feliz cumpleaños, mi niña! Con cariño, tu mamá”.

Cada vez que abría la caja, por un breve instante podía habitar una realidad compartida, algo que ella imaginó para nosotros hace muchos años. Era como un aroma medio recordado, las primeras notas de una canción familiar, cada vez, un pequeño atisbo de ella.

Cuando era niña, abrir el siguiente paquete me parecía una búsqueda del tesoro. A medida que crecía, comenzó a sentirse como algo mucho más esencial, como el aire o el sentido de comunidad, algo así como la oración. Sus mensajes llegaban a mí como señales de guía en un bosque oscuro; si sus palabras no podían señalar el camino, al menos ofrecían el consuelo de saber que alguien había estado allí antes.

Una década después de perder a mi madre, mi padre la siguió de forma repentina. Ella había pasado años preparando su salida, pero mi papá se fue en un abrir y cerrar de ojos. La mañana de su funeral, la caja me miraba fijamente sin nada que decir. No había carta para eso.

Intenté conjurar su voz, pero no pude. Mi padre no dejó pistas ni cartas. La única crianza que tendría, a partir de los 22 años, estaba en la caja.



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